Luna llena

Aquella noche el calor que ceñía la ciudad se había convertido en insoportable; desde hacía días las altas temperaturas se habían convertido en la protagonistas de todas las vivencias ciudadanas. Una ola de calor sin precedentes al menos en los últimos años que él pudiese recordar y que llevaba noches impidiéndole conciliar con normalidad el sueño.

Miró el reloj de su móvil. Casi las doce de la noche. Había regresado al hotel media hora antes tras una jornada agotadora de trabajo. Su camisa empapada de sudor igual que su traje de color oscuro. Se había dado una ducha en agua tibia, casi fría, antes de servirse una copa del mini-bar. La televisión, como todas las noches de verano, no ofrecía nada que valiese la pena ver; series extraídas de los archivos, películas visionadas en cientos de ocasiones o simplemente programas de esos que llaman de continuidad.

Salió a la pequeña terraza de la habitación. Fuera, a sus pies, la ciudad se ofrecía casi dormida, con sus destellantes luces multicolores lanzando al aire sus atractivos mensajes publicitarios y el tenue alumbrado callejero poniendo el contrapunto a todo el decorado.

Un cielo plagado de estrellas que jugaban a coquetear, a flirtear, con una luna llena de rostro empolvado que parecía más cercana que otras veces.

Se apoyó sobre la barandilla de la terraza y perdió su mirada en las calles de la ciudad como tratando de descubrir sus secretos, sus misterios celosamente guardados entre esquinas y calles con nombre ignorado.

Una ráfaga de cálida brisa, surgida de ninguna parte, le abofeteó el rostro devolviéndolo de su abstracción temporal. Se dio cuenta que aquella noche le sería imposible conciliar el sueño pese a lo agotado que se encontraba.

Se vistió con un polo de color azul, se calzó un pantalón vaquero y salió a la calle convencido de que un paseo, además de relajarlo, contribuiría a que el sueño hiciese antes acto de presencia.

Tal vez por el calor o por lo avanzado de la hora, las calles ofrecían un aspecto casi desolador, vacías de gente. El hotel se encontraba ubicado en una de las zonas comerciales de la ciudad y lo que en otras horas del día era un constante trasiego de personas que con prisa acudían de un lugar a otro, ahora se había tornado en un conjunto de calles vacías, casi desérticas.

Paseó, vagó sin prisa, durante más de media hora hasta que al final entró en un pequeño pub, de aspecto agradable cuyo nombre, "El pez que fuma", llamó su atención haciéndole recordar otro de igual nombre que había conocido, años atrás, en otra ciudad a la que peregrinaba, por motivos de trabajo, en aquellas fechas.

El aspecto del local era sugerente y acogedor; una luz tenue y una buena temperatura merced al aire acondicionado lo convertían en un lugar agradable para pasar un rato. Se sentó en la barra sin siquiera observar a las personas que en aquel instante eran sus circunstanciales compañeras de velada en aquel establecimiento. Pidió un whisky y se sumió en sus pensamientos.

Fue entonces cuando se percató de su presencia. Sentada en una mesa de una esquina, quizás la más apartada, una mujer sola apuraba una copa. De unos cuarenta y muchos años, de pelo negro recogido, semblante ligeramente tostado por el sol y vestida con atuendo veraniego, jugaba con un móvil desde el que parecía enviar algún mensaje merced al movimiento de sus dedos.

La miró, ella en un principio no reparó en su presencia absorta en lo que estaba haciendo. El recorrió entonces todo el local con su mirada. En otra de las esquinas, una pareja, se entregaba a lo que parecía una conversación de trascendencia; finalmente, otra pareja más cuchicheaba cosas al oído el uno del otro, susurrando frases del todo imperceptibles.

Volvió a mirarla, seguía ensimismada con su teléfono móvil, ajena a que alguien la observaba. Pensó en ella, en quien sería, a quien esperaría, que motivo le había traído hasta allí aquella noche de veraniega luna llena.

Tal vez por lo insistente de su mirada, ella levantó la vista cruzándola con la de él. Una leve sonrisa, más bien por compromiso que por otro motivo, iluminó su rostro volviendo de nuevo a sumirse en lo que estaba haciendo hasta que pasados unos minutos ella buscó sus ojos con cierta insistencia. Se miraron nuevamente, esta vez sin prisa, por un tiempo casi eterno. No hubo ni una mueca, ni un gesto y mucho menos una palabra.

El dudó en acercarse o al menos llamar al camarero para pedirle que invitase en su nombre a aquella desconocida; pensó en la posibilidad de que estuviese aguardando a alguien a quien finalmente habría que ofrecerle alguna explicación caso que para ella su actitud resultase inconveniente.

Sin embargo no hubo tiempo a más. Con un gesto discreto, aquella mujer desconocida, llamó al camarero, abonó la consumición que estaba tomando y con lentitud parsimoniosa, exhibiendo su cuerpo que conservaba las huellas de otro tiempo esplendoroso abandonó el local sin dejar de mirarlo a los ojos.

Sin pensarlo dos veces dejó sobre la mesa el importe de su whisky y salió a la calle, resuelto, en pos de aquella desconocida.

La calle solitaria como antes lo acogió silenciosa; el calor no se había mitigado y en el cielo aquella luna llena de rostro empolvado pareció guiñarle su ojo de gran cíclope mientras en alguna parte pareció cerrarse una ventana abierta a la noche.

Buscó con la mirada, escrutó con sus ojos ambos lados de la calle buscando el rastro de aquella misteriosa mujer que por un motivo que ignoraba estaba seguro que lo aguardaba en alguna parte.

Allí estaba ante el escaparate de un comercio de ropa de mujer recreándose en la contemplación de los modelos que exhibía tras sus lunas.

Se acercó a ella quien tratando de disimular su intencionada espera se hizo la sorprendida al advertirlo a sus espaldas.

Comentaron algo sobre uno de los modelos que exhibía aquel escaparate tenuemente iluminado y de lo bien que le quedaría a ella sobre su cuerpo.

La miró de pies a cabeza; aquel vestido estampado de verano, con una falda tal vez algo más corta de lo que cabría esperar en una mujer de su edad, destacaban más su belleza y la elegancia de sus líneas tal vez ligeramente distorsionadas por el paso de los años; los zapatos de tacón abiertos mejoraban su silueta al convertirla en mucho más estilizada.

Tras las presentaciones comenzaron, sin recato, a hablar de ellos mismos. Supo que se llamaba Carmen; que era una mujer casada, aburrida de su vida monótona; que tenía un hijo de catorce años, la razón de su vida, lo que había evitado, en última instancia, separarse de su esposo; le dijo también que aquella noche estaba sola en la ciudad ya que su marido se había ausentado por motivos de trabajo y que su hijo se encontraba en un campamento de verano; que estaba harta de estar sola en casa y que aquel calor insoportable no le permitía dormir.

Pasearon durante un rato. Aquella mujer se había convertido en toda una tentación para él; sintió que la deseaba, que se sentía fuertemente atraído por ella.

De forma intencionada él puso rumbo hacia su hotel con el fin último de invitarla a su habitación y con ella disfrutar de una noche de sexo sin paliativos. Sin embargo no fue necesario.

- He salido a buscar una aventura ¿sabes? - dijo ella sin casi inmutarse -.

El la miró fijamente y sonrió; luego ella prosiguió.

- Hace tiempo que deseo visitar uno de esos locales, ya sabes ¿no? Es una de mis fantasías.

Sabía perfectamente a lo que se refería. Solo en dos ocasiones había visitado uno de esos locales de ambiente liberal donde todo está permitido y lo había hecho, en otra ciudad, acompañando a una mujer que había conocido en un chat de la red.

- No es mala idea - respondió él - sin embargo, no conozco ninguno, así que malamente puedo servirte de "cicerone".

- No importa - replicó ella - una amiga me ha hablado de uno que está muy bien, si te apetece podemos ir allí a tomar una copa.

No hubo más palabras, pararon un taxi que cruzaba la avenida por la que paseaban y pusieron rumbo a la calle donde estaba ubicado el local y que conocía perfectamente el taxista a tenor de su impertinente pregunta:

- Van ustedes a "Bijou" ¿no?

Ella respondió afirmativamente y aquel hombre de no más de treinta años que no dejó de observarla por el espejo retrovisor del coche los condujo hasta la puerta. Durante el trayecto glosó las buenas instalaciones del local, el ambiente y el trato esmerado de sus empleados, así como indicó que eran muchas las parejas que frecuentaban aquel local al que él mismo había acudido en alguna ocasión.

En la puerta de entrada al establecimiento, iluminada con una luz de bastantes vatios, un hombre de fuerte complexión les dio las buenas noches franqueándoles el acceso. Una vez traspasado el umbral una joven minifaldera, de aspecto sudamericano, les explicó brevemente las normas del local, además de hacer efectivo el coste del tique de entrada; igualmente les facilitó una llave para la taquilla en la que podrían guardar sus enseres personales caso de acceder a la zona de parejas.

El local iluminado todo de forma tenue e indirecta presentaba un aspecto bastante animado. En la barra varios hombres de diferentes edades consumían sus bebidas absortos, alguno de ellos, en la contemplación de una película porno que proyectaba una televisión situada en una repisa.

Al verlos entrar, la mayoría de ellos se volvieron dirigiendo hacia ella sus miradas lascivas y lujuriosas lo que no le desagradó haciendo algún comentario al respeto en baja voz.

Se dirigieron a la zona de parejas separada por una verja del resto del local; una vez allí, otra joven vestida de forma muy provocativa les guió por todas las instalaciones, explicándoles con todo lujo de detalles nuevamente las normas del local y lo que en cada una de sus partes se podía hacer y encontrar siempre y cuando fuese deseo de todas las partes. En cada uno de los rincones, parejas desnudas se entregaban al rito sexual sin importarles lo más mínimo que pudieran ser observados por otros e incluso compartir con alguno aquellos momentos de máximo placer. También, en el ir y venir por las instalaciones del local, se cruzaron con más de un individuo desnudo que, mostrando a quien quisiera verlo sus atributos varoniles, buscaba alguna pareja con la que compartir un instante de lujuria.  

Miraron el reloj. La una y media de la mañana. Todavía habría tiempo hasta las cinco para vivir con intensidad una noche de sexo.

Fueron a la zona de taquillas y se desnudaron. El se cubrió con una toalla en tanto que ella se quedó tan solo con un tanga negro anudado por detrás y de muy reducidas dimensiones que resaltaba aun más su belleza, máxime al no descalzarse de su altos zapatos que le proporcionaban un aspecto de una sensualidad sin límites.

Juntos se refugiaron en un reservado donde comenzaron a besarse con auténtica pasión como paso previo al tremendo orgasmo que lograron tras realizar el acto sexual al que se entregaron sin recato alguno, realizando todo tipo de prácticas.

Una vez concluido ella se excusó para ir al baño. Transcurridos unos minutos regresó y se acurrucó entre sus brazos susurrándole al oído lo mucho que había disfrutado y lo inolvidable que le estaba resultando aquella velada.

En un momento de aquella conversación en baja voz, ella le indicó que tenía sed y si podía acercarse a la barra a pedir un par de copas. Asintió con la cabeza, la besó y ciñéndose la toalla a la cintura abandonó el reservado.

Al salir a los pasillos del local se dio cuenta que había mucha más gente, especialmente hombres solos que deambulaban de aquí para allá. En la barra también se concentraba mayor número de personas así que tuvo que esperar un buen rato mientras era atendida su demanda por el único camarero que la servía.

Solicitadas las dos copas retornó a la zona de parejas en busca de aquella mujer que se encontraría, a  buen seguro, en el reservado donde la había dejado.

Cuando llegó al reservado se encontró que extrañamente este estaba vacío; sobre el gran sofá de eskay de color claro la toalla que ella había utilizado pero nada más. Carmen no estaba.

Se acomodó convencido que su ausencia obedecía tan solo a que había regresado nuevamente al cuarto de baño o simplemente a la zona de taquillas a recoger algo de su bolso, así que decidió aguardar mientras saboreaba la copa que momentos antes había solicitado en la barra.

Transcurrieron varios minutos que se le hicieron eternos. Al final sin saber muy bien lo que estaba sucediendo decidió levantarse y dirigirse a las taquillas y a los servicios con el fin de tratar de dar con ella.

Nada más salir se topó con la joven de provocativo aspecto que les había atendido al entrar a la zona de parejas.

- ¿Estás buscando a tu chica? - preguntó sin dilación -. Está follando en una zona que hay en el fondo del local, acabo de verla con varios chicos.

Quedó sorprendido y, por supuesto, confundido por aquella revelación que le había hecho aquella joven. Pese a todo se dirigió a la zona que le había indicado cruzando todo el local en el que más parejas que antes se entregaban a diferentes ritos sexuales contando con el concurso, en muchos casos, de terceras e incluso cuartas personas que hacían gozar a las mujeres, quienes lo agradecían a veces de forma escandalosa con gritos y gemidos.

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Al acceder al pequeño reservado que se hallaba al fondo de un corto pasillo la vio, rodeada de unos cinco o seis hombres, la mayoría jóvenes, subida sobre una mesa, desnuda, se masturbaba para todos ellos mientras le acariciaban sus piernas y sus pechos; gozaba como nunca había visto gozar a nadie, contorneando su cuerpo, transmitiendo todo un universo de placer que la estaba embargando.

El no supo que decir. La miró, se miraron y ella sonrió mordiendo levemente sus labios y dejando que su lengua los acariciase. En ese instante un violento orgasmo la hizo caer sobre la mesa y arqueando su cuerpo se corrió entre el regocijo de los presentes que jalearon el momento.

Luego, los seis hombres aquellos se echaron sobre ella, comenzado a manosearla y besarla. Uno, tal vez el más apuesto de todos, le susurró algo al oído a lo que ella asintió. Hizo un gesto a sus compañeros de orgía y dos ellos la levantaron por sus brazos y otros dos por sus piernas, separándolas, y situándola delante del falo erecto de aquel joven la penetró sin miramientos; ella comenzó a moverse igual que él a un ritmo frenético hasta que ambos se corrieron.

Sin dejarla descansar, una vez fue depositada sobre un sillón, otro de aquellos hombres se acercó a su cara e introduciéndole su polla en la boca comenzó a follarsela de forma casi vehemente produciéndole, de vez en cuando, unas tremendas arcadas; en ese instante, el más joven de todos los presentes, la penetró vaginalmente mientras a su compañero de juegos le seguía haciendo aquella felación. Los dos se corrieron, uno de ellos dentro de su boca y el otro sobre sus vientre que llenó de semen tras haber sacado su pene del preservativo que previamente se había colocado. Entre tanto, los otros tres aguardaban a que llegase su turno.

Fuera, en la puerta, varios mirones se concentraron para ver el espectáculo y regocijarse con aquel polvo como jamás habían visto.

Fue el turno de los tres que quedaban. Cerraron la puerta con el fin de que no entrase nadie más, incluso quisieron hacerlo salir a él, sin embargo ella lo impidió al indicarles que era quien la acompañaba.

Detuvieron por un momento el juego. Ella pidió su copa y bebió un largo sorbo sin dejar de mirarlo. Entretanto, los tres individuos que esperaban no dejaron de tocar todo su cuerpo, acariciándolo, magreándolo, lamiendo todos y cada uno de sus recovecos.

Como puestos de acuerdo la mandaron arrodillar ante ellos con el fin de que, de forma alternativa, mamase sus pollas para ponerlas otra vez en erección; así hizo. Sucesivamente uno y luego otro, todos fueron metiendo sus penes en su boca que mamó durante un buen rato hasta que las tres estuvieron nuevamente erectas y desafiantes.

Luego, uno de ellos le dio la vuelta y con su lengua y sus dedos comenzó a trabajar su ano para dilatarlo, los otros por su parte seguían tocando sus pechos y su cuerpo.

Una vez el individuo aquel creyó que estaba lo suficientemente abierta y dilatada se tumbó boca arriba colocándola sobre él mientras la penetraba analmente, primero suavemente y después con una fuerza inusitada; ella gimió, tal vez de dolor, tal vez de placer.

Una vez penetrada por su ano, otro de aquellos hombres se tumbó sobre ella mientras su pene se introducía en su vagina; por su parte, el mayor de todos, un tipo de más de sesenta años, comenzó a follarle la boca. Aquello duró el tiempo que tardaron en correrse tanto ellos como ella, produciéndoles a todos un orgasmo brutal; sucesivamente, uno tras otro, fueron cubriendo su cuerpo con la leche que salía de sus pollas mientras ella con sus manos la extendía de forma deliberada sobre sus pechos y pezones. El hombre de mayor edad sin poder contenerse se corrió sobre su cara tapando con aquel semen blanco, pastoso y abundante una buena parte de su rostro y boca.

Al final, los tres individuos cayeron, junto a ella rendidos sobre el sofá.

El la cogió de una mano, ofreciéndole su toalla para que se limpiase. Luego, los dos, ante las protestas de aquellos individuos que deseaban más, abandonaron el reservado camino de la ducha donde ambos dejaron que sus cuerpos fueran acariciados por una agua tibia y reconfortante.

Se vistieron y se besaron con una pasión que pareció ilimitada y juntos salieron de aquel local.

Fuera, ella volvió a besarlo y antes de coger un taxi le entregó un trozo de papel con su número de móvil.

- ¡Llámame, por favor!

Fuera, cortejando la noche, aquella luna llena de rostro empolvado, brillaba con más fuerza.

Una playa lejana

Septiembre había irrumpido casi de repente. Surgió, señorial y decadente, tras los últimos días de un agosto frivolón y pedante que murieron sin indulgencia. La climatología por aquellos días era razonablemente buena. Un sol tibio de final de verano jugaba a esconderse tras los algodonosos cúmulos de sinuosas líneas.

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Desde unos días antes se había quedado sola lo que propiciaba la posibilidad de cumplir alguna de sus fantasías aunque fuera de forma tan efímera como una mañana de playa o los paseos entre las sombras de la noche, dejando que fluyesen ocultos deseos.

El viernes anterior había viajado a la capital, acompañada de aquella amiga y juntas, tras darle muchas vueltas, visitaron un local liberal. Su ambiente sórdido, su tenue iluminación y, sobre todo, alguno de los jóvenes de cuerpos bien definidos que dejaban a la vista sus objetos de deseo, enseñoreándose de sus atributos, habían producido en ella una sensación de lujuria jamás sentida hasta aquel momento. Más tarde, aquel joven moreno, de mirada pícara, de cuerpo depilado y cubierto tan solo por una reducida toalla de tonos blancos, la había cautivado. Un sentimiento irrefrenable de deseo que tan solo se vio truncado por la inesperada e impertinente hora de cierre del local. Ahí se quedó todo, en unas caricias, unos besos y... poco más. Tan solo eso y un fuerte subidón que tuvo que paliar en la soledad del cuarto de baño del local antes de regresar a casa.

Todavía, pasados más de tres días, el recuerdo de aquel momento hacía que su lívido se disparase, aguardando con impaciencia que su amiga le volviese a proponer viajar a la ciudad para visitar aquel lugar, algo a lo que se había comprometido.

Salió a la ventana. Fuera hacía sol y la temperatura resultaba agradable. Atrás se habían quedado los calores agobiantes de los días anteriores. Valoró la posibilidad de irse a la playa. Tenía que aprovechar los instantes que le deparaba su transitoria soledad. Sabía que a la vuelta de unos días todo volvería a la fría rutina y las dificultades para hacer realidad las fantasías que tanto deseaba serían casi insalvables.

Corrió al cuarto de invitados y buscó en el armario, oculto tras juegos de cama y toallas, un biquini que había comprado días antes en su sex shop. Lo había visto vistiendo un maniquí en su escaparate y le pareció extremadamente sexi, de una sensualidad fuera de lo corriente. Se lo despachó aquella joven minifaldera que se interesó por la talla y el color que deseaba. No se atrevió a decirle que era para ella y se excusó aduciendo que era un regalo para una amiga; la joven, tras mostrárselo, lo envolvió en un bonito papel de tonos azules. Sabía que había hecho una buena compra, que aquella prenda le favorecería y haría resaltar su esbelta figura.

Al llegar a casa, en la soledad del dormitorio, se lo probó ante el espejo. Se sintió hermosa, atractiva, deseable y se felicitó por lo acertado de su compra; sin embargo quedaba ahora lo más difícil, donde y cuando poder estrenarlo.

Tal vez aquella mañana resultase un buen día para hacerlo, pensó para sí. Por ello, tras ducharse en agua tibia, maquillar levemente su rostro y pintar con un color suave sus labios, se lo colocó. Le quedaba a las mil maravillas. La imagen que le devolvió el espejo fue perfecta. Se vistió con un pantalón corto blanco, una camisa anudada a la cintura y unas chanclas que dejaban sus pies casi desnudos. Buscó una gran pamela que sabía guardaba en el armario y ocultó su rostro tras unas grandes gafas de sol de pasta negra.

Con mucha discreción, utilizando el ascensor, bajó al garaje, arrancó su coche y se puso en marcha. Deseaba cuanto antes abandonar la calle donde vivía y donde una mirada indiscreta podría reconocerla y preguntarse a donde iba sola.

Miró el reloj. La una de tarde. Sabía que a unos 40 km. de la ciudad, en dirección oeste, había una pequeña playa que, por su difícil acceso, era muy poco frecuentada. Agosto había concluido y con la llegada de septiembre y la vuelta al colegio, estaba segura que la afluencia a aquella lejana playa sería muy reducida.

Abandonó la ciudad tomando la carretera secundaria que habría de conducirla al paraje elegido. En poco más de veinticinco minutos alcanzó su meta. Sobre la playa, oculta tras un imponente roquedal, se abría una zona de aparcamiento de vehículos donde tendría que dejar el suyo. Se sintió aliviada al ver que su coche era el único aparcado lo que hacía presagiar la escasa afluencia de bañistas. Aquello le produjo una satisfacción muy especial.

Despacio, para evitar un contratiempo, descendió por el angosto y sinuoso sendero que daba acceso a la playa. El arenal, de pequeñas dimensiones, estaba completamente vacío y la mar en calma, como un plato de color plata donde reflejar el universo. La temperatura muy agradable invitaba a dejarse acariciar por los rayos solares y permitir que el agua empapase el cuerpo.

Estaba satisfecha, sabía que aquella minúscula playa era poco concurrida, ella misma había acudido alguna vez, topándose con cuatro o cinco personas que extendían sus cuerpos sobre el arenal; sin embargo no esperaba aquella calma y absoluta soledad que ayudaba a formar un conjunto casi idílico.

Aquel paisaje, con la pronunciada bajada desde el aparcamiento por un sendero que discurría entre altos matorrales y arboleda, jalonado por los agrestes y elevados acantilados que ceñían el arenal, se le antojó como el mejor lugar para sentirse ella misma.

Se despojó de sus chanclas y de su pantalón, luego se desabotonó la camisa que dejó caer al suelo, se quitó la incómoda pamela y finalmente extendió la toalla de vivos colores. Seguía de pie. Buscó en su capazo el pequeño espejo de una polvera y permitió que parte de su cuerpo se reflejase en él. Se sentía hermosa, atractiva, cautivadora. Sus largas y bien torneadas piernas, su bonito e incitador culo, su cuerpo bien conservado, con vientre plano, invitaba a ser observada, sin embargo allí nadie podía mirarla.

Se ajustó perfectamente el biquini. Era una indumentaria perfecta, seductora. Se felicitó por la compra que había hecho. Por un momento sintió la necesidad de que alguien la contemplase, de que alguien sintiese un fuerte deseo por ella. Deseaba gustar como creía haberlo hecho con aquel joven en el local liberal el viernes anterior. Recordó el momento cuando aquel desconocido acarició suavemente su rostro y la besó. Sintió una explosión de deseo que quiso contener y a duras penas pudo. Sin embargo, aquel aviso de cierre del local provocó que lo que podía haber sido un episodio de auténtica lujuria se convirtiese en una gran frustración paliada, en alguna medida, en la soledad del baño, al sentir como un torrente de fluido se deslizaba por su mano derecha mientras pensaba en aquel joven que ya se había marchado.

Paseó a lo largo de aquellos cuarenta o a lo sumo cincuenta metros de arenal. Lo hizo una y otra vez mientras el sol acariciaba su cuerpo, pensando en el viernes siguiente en que de nuevo acudiría a aquel local en compañía de su amiga. ¿Con su amiga?, se preguntó. ¿Y si ella al final no pudiese acompñarla? Le daba igual, iría sola. Estaba decidido. Pediría una taquilla, se desnudaría hasta quedarse vestida tan solo por algún conjunto elegante y sugerente de ropa interior que poseía y luego pasearía entre las sombras del local, permitiendo que siluetas anónimas la cercasen y con sus manos acariciasen su cuerpo semi desnudo. Besaría, lamería, chuparía, incluso se dejaría penetrar las veces que fuese necesario. Lo deseaba. Quería sentirse deseada, adorada. ¿Para qué esperar a que su amiga la llamase? Inventaría cualquier excusa. Si, la de que él había vuelto de forma inesperada lo que le impediría salir de casa y así podría ir sola, sin testigos, sin nadie que pudiese saber de lo sucedido. Aquel pensamiento, aquel recuerdo, le produjo una fuerte excitación. Corrió al agua a sabiendas que aquel sería el mejor remedio.

Nadó hacia dentro, tal vez veinte o treinta metros. El agua tenía una temperatura ideal. No estaba fría, tal vez 25º pensó para sí. Permaneció en el mar algo más de quince minutos, jugando con el agua, nadando, dejando que su imaginación volase a otros estadios de absoluta libertad que tanto deseaba. Pensó en él. Llevaban más de quince años casados. Se habían conocido en la Facultad. Pronto surgió un amor engañoso que culminó en boda transcurridos dos años. Que error, que grave error. No tenían hijos. Tal vez aquello fuese el desencadenante que terminó con el amor si es que alguna vez lo hubo. El amor y la pasión habían concluido años antes. El, fingiendo cada sábado, de forma rutinaria, deseando realmente estar con otra, con aquella otra que alguna vez le había llamado por teléfono y ella, buscando en su soledad y en aquel consolador que guardaba celosamente los únicos paliativos para sus carencias. Pese a todo sabía que él pronto se marcharía definitivamente y aquello le daría las alas necesarias para hacer lo que le diese la gana.

Miró su reloj. Eran más de las tres. Tomaría el sol hasta secarse y luego regresaría a casa. Nadó hacia la orilla y fue entonces cuando lo vio.

Sentado en el arenal, no muy lejos de donde ella tenía su toalla y su capazo, un joven de raza negra la observaba. Estaba desnudo, completamente desnudo. Aquella visión, lejos de incomodarla, la excitó. Pese a todo sintió que a su alrededor se activaban todas las alarmas. Pensó en la posibilidad de seguir en el agua esperando a que aquel desconocido se tirase al mar y así poder correr hasta su toalla para salir de la playa evitando siquiera cruzarse con él.

Notó que la observaba, que no perdía detalle de sus movimientos. Así transcurrieron más de diez minutos. El joven no se movió ni un centímetro. Volvió a consultar su reloj. Casi las tres y veinte, era tarde, forzosamente tendría que recoger sus cosas y regresar a casa. El no volvería hasta la noche pero podría llamarla y no deseaba tener que dar explicaciones.

Salió del agua y corrió hacia donde tenía extendida su toalla. En ese instante el joven de raza negra se puso en pie y caminó hacia ella. No le pasó desapercibido aquel enorme falo que colgaba entre sus piernas. Increíble. Tal vez veinte centímetros en estado de reposo. No pudo sustraerse a mirarlo, contemplarlo, desearlo.

Al llegar a donde estaba se acercó a ella y la miró de pies a cabeza, con descaro, con cinismo, con autosuficiencia. Tuvo la sensación que aquello iba más allá de unas meras miradas y que al final aquel joven querría algo más, incluso más de lo que ella deseaba darle. Era atractivo, un cuerpo casi perfecto, marcado y aquel pene, sobre todo aquel pene, la estaba volviendo loca pese a tratar de mal disimularlo.

En ese instante, por el sendero del aparcamiento, descendieron otros dos jóvenes de color que al llegar al arenal se desnudaron dejando la ropa en el suelo y permaneciendo inmóviles mirándola a ella y al desconocido que se encontraba a su lado.

El negro que se encontraba junto a ella, sin decir palabra, la agarró por la cintura. Ella trató de zafarse, él se lo impidió. Aquella frase que pronunció heló su cuerpo. "Mejor no te resistas pues será mucho peor". Ella sabía que la suerte estaba echada.

Sin embargo, en un gesto de rebeldía y autodefensa, empujó con fuerza al joven que cayó al suelo y recogiendo lo que pudo de su ropa salió corriendo en dirección a uno de los acantilados que ofrecía una posible, aunque escarpada, ruta de huida.

No llegó muy lejos. Los tres hombres corrieron tras de ella y la alcanzaron en el acceso a una pequeña furna horadada por las aguas. Uno de ellos, el más fuerte, la golpeó en la cara tirándola a la arena, mientras otro con fuerza arrancaba las dos piezas del biquini haciéndolo trizas.

Por un momento, al verla completamente desnuda, los tres individuos dieron un paso atrás. Quedaron inmóviles, como paralizados. Se miraron. Ella los miró desde el suelo. Aquellos falos enormes, erectos, desafiantes, le produjeron entonces un fuerte estado de ansiedad, de deseo. Sabía lo que le esperaba.

El más bajo de los tres se adelantó, la agarró por la cabeza y metió su pene en su boca, obligándola con ambas manos a mamar. Ella notó como aquel enorme falo crecía en su cavidad bucal ahogándola, produciéndole grandes arcadas mientras sus ojos se llenaban de lágrimas que hicieron que el rímel se corriese embadurnado su rostro. Se sintió impotente, avergonzada mientras chupaba aquel enorme pene que llenaba completamente su boca.

El más alto, de un fuerte empujón, separó al individuo que la estaba poseyendo con fuerza por la boca. La agarró, la introdujo dentro de la furna, colocándola con la espalda sobre la arena se echó sobre ella y la penetró con furia. De nada valieron sus esfuerzos para defenderse, tenía el cuerpo inmovilizado; luego la obligó a girarse y ponerse en cuclillas y escupiendo sobre su ano la penetró con una fuerza inusitada. Sintió un dolor inaguantable al notar que su ano se rasgaba. Aquel hombre comenzó a moverse con fuerza acompasada y ella se acompasó con él pese al insoportable dolor que sentía. No gritó. De nada servirían sus gritos en aquella soledad, tan solo para que irritados le propinasen una paliza de muerte dejándola allí tirada.

El individuo que la estaba penetrando logró introducir la casi totalidad de su enorme pene por su cavidad anal. Ella comenzó a sentir un enorme placer. Comenzó a tocarse, sin embargo otro de los jóvenes se lo impidió dándole una fuerte bofetada y pronunciando una frase soez.

El que la poseía inició un movimiento mucho más rápido. Ella notó sus contracciones previas al orgasmo que se produjo casi de inmediato llenado su cavidad con aquel líquido espeso y blanquecino. Sintió como las gotas de sudor se deslizaban por su rostro. Se sentía rota, reventada, sin embargo estaba gozando.

Al terminar aquel individuo se separó de ella, la agarró por el cuello y la obligó a darse la vuelta. Luego metió su pene en su boca para que le limpiase las últimas gotas de semen que quedaban por fluir.

De inmediato el primer joven que había visto cerca de su toalla tomó el relevo. Primero le introdujo el pene en la boca y la obligó a mamar. Aquel falo se le antojó mayor que el anterior. de nuevo sobrevinieron unas tremendas arcadas que la hicieron vomitar sobre la arena y las lágrimas inundaron sus mejillas. Una vez se cansó de poseerla por la boca, profiriendo insultos y amenazas, la volteó con fuerza y la poseyó, primero por el ano sin miramientos y más tarde por la vagina. De repente se puso en pie, la obligó a girarse y tras abofetearla metió de nuevo el pene en su boca corriéndose dentro de ella. Aquella amenaza de "si te cae una sola gota al suelo te destrozo la cara" la obligaron a tragar aquella enorme cantidad de fluido.

Quedó tumbada en el suelo, exhausta, reventada, sucia. Pidió agua y el tercero de los jóvenes le entregó la pequeña botella que ella llevaba en su capazo. Bebió, tratando de recomponerse y de eliminar de su boca aquel sabor mezcla de semen, mezcla de vómito.

El tercero de los desconocidos seguía sentado a su lado dentro de la furna, los otros dos habían salido de ella. Comenzó a acariciarla con suavidad, la abrazó y empezó a masturbarla; incluso en un momento llevó su boca hasta su sexo y lo succionó. Ella comenzó a tocarlo, se sentía bien al lado de aquel hombre. El siguió con sus besos, con sus caricias. Le preguntó en baja voz si le permitía penetrarla. Ella le respondió afirmativamente. La erección de aquel tercer individuo era completa. Una sensación de placer indescriptible se apoderó de su cuerpo cuando el joven la penetró suavemente y comenzó a cabalgar sobre ella mientras se masturbaba. Llegaron al orgasmo juntos. El sobre su espalda y ella sobre la arena. Luego abrazados, indolentes, se arrebujaron en una esquina de la furna y se quedaron adormilados.

De repente, los otros dos jóvenes volvieron a entrar a la cueva y cogiéndola por una brazo la arrastraron hacia dentro. En ese instante el joven que se encontraba a su lado se puso en pie y se enfrentó a sus amigos. Les exigió que la dejasen en paz, que ya la habían usado, que ya habían disfrutado de ella lo suficiente. De nada sirvió, el más alto de los dos le propinó un fuerte puñetazo que le hizo caer al suelo. Quiso revolverse pero el otro joven, el primero al que había visto, colocó la rodilla sobre su pecho y lo inmovilizó. Ella gritó, pidió por él, que no le hiciesen daño.

El más alto de los tres la volteó sin miramientos y de nuevo la penetró con más furia que antes. Aquel enorme falo horadando sus entrañas. Pese a todo aquello la puso cachonda, algo de lo que se río a carcajadas el tipo que la estaba penetrando, mientras la insultaba. Antes de terminar volvió a introducirle el pene en la boca y allí se corrió llenando de nuevo toda su cavidad bucal y obligándola a tragársela.

Aun tuvo tiempo el otro individuo para volver a sodomizarla y violarla bucalmente pese a las airadas protestas del tercero de los jóvenes que seguía en el suelo inmovilizado.

Al terminar y tras amenazarla con graves consecuencias caso de denunciar aquellos hechos, arrastrando al tercero de los jóvenes, la dejaron tirada dentro de la furna, desnuda, destrozada. Aprovecharon para sustraerle el dinero que tenía en la cartera y abandonaron el lugar.

Como pudo, con dificultad, se levantó y salió de la cueva. Fuera estaba anocheciendo. El sol comenzaba a ocultarse tras un horizonte pleno de misterios. Un crespúsculo de final de verano devolvía ensoñaciones cargadas de magia. Se vistió la ropa que se encontraba diseminada por la playa, comprobó que en el capazo seguían las llaves de su coche y lentamente ascendió aquel interminable sendero hasta el aparcamiento.

Cuando llegó a casa se duchó. Se sentía sucia, sin embargo había gozado, había disfrutado como jamás lo había hecho. Por la retina de su mente desfilaron, una a una, todas las escenas vividas aquella tarde. Sintió como una fuerte sensación de deseo se apoderaba de todo su cuerpo y los fluidos comenzaban a deslizarse por sus piernas. Se puso delante del espejo y se masturbó hasta correrse cayendo al suelo indolente.

Se fue a la cama y aquella noche soñó con el joven con el que había estado abrazada dentro de aquella cueva, aquel con el único con el que había hecho el amor. Deseaba volver a verlo, sentirlo a su lado, sentir su caricias, saborear sus besos y sentirse penetrada por su pene. Finalmente, excitada, tuvo que volver a masturbarse entre las asedadas sábanas de color grisáceo.

A la mañana siguiente se despertó con los recuerdos de la tarde anterior. Seguía excitada, deseosa. Miró el reloj, eran poco más de las once, todavía tenía tiempo. Salió a la calle. Quería comprar aquel otro biquini que había visto en el sex shop días antes. Sabía que se sentiría bien con él puesto sobre su cuerpo.

En la tienda volvió a ser atendida por la joven de la primera vez. Un par de individuos de mirada aviesa la observaron sin perder ni un solo detalle de sus movimientos. Se sintió deseada por aquellos hombres y a punto estuvo de aceptar la invitación de uno de ellos para acceder juntos al interior de una cabina, sin embargo en el último instante descartó aquella idea.

Corrió a casa, faltaba poco para la una. Se colocó aquel biquini y sobre él una pareo de vistoso estampado. Bajó al garaje y en el coche puso rumbo a la lejana playa por el mismo itinerario que el día anterior.

Cuando llegó, la playa estaba vacía como el día anterior, aquello le provocó un estado de excitación inusitado. En el fondo era lo que deseaba. Buscó un rincón cerca de la cueva y estiró la toalla. Se quitó el pareo y dejó que su cuerpo, vestido tan solo con aquel insignificante y provocativo biquini, fuese acariciado por el sol. Quedó pensativa. Miró a su alrededor. La playa estaba vacía, solitaria como la tarde anterior. Miró el reloj. Faltaban pocos minutos para las tres.

Sin saber muy bien la razón se desbrochó la parte superior del biquini dejando sus pechos al aire, luego hizo lo mismo con el tanga de reducidas dimensiones quedando totalmente desnuda a merced de aquel sol de finales de verano que acariciaba su cuerpo. Se tumbó sobre la arena cubierta tan solo por sus gafas de sol de pasta y esperó.

Poco antes de las tres y media vio bajar por el sendero a los tres jóvenes negros de la tarde anterior. Miraron desconfiados a uno y otra lado, incluso uno de ellos hizo ademán de marcharse. Ella se puso en pie y con paso lento, parsimonioso, sonriendo, se dirigió al interior de la furna y ellos la siguieron...

La Piscina

El día estaba sumamente caluroso, nos despertamos temprano y bajamos a la playa, estaba desierta, por lo tanto decidí quitarme la parte de arriba del traje de baño para broncear mis pechos.

Martín se quitó el short y se tiró a mi lado a tomar sol, comenzamos a besarnos y ahí mismo decidimos hacer el amor.

Me senté sobre él y cuando levanto la cabeza, veo que cuatro ojitos nos miraban tras unos arbustos, hice de cuenta que no había visto a nadie y continué cabalgando a Martín cual si fuese un caballo salvaje y debía domar.

Luego invertimos las posiciones, me coloqué en cuatro tomó mi cabello e introdujo su verga tiesa en mi ano, parecíamos dos animales en celo totalmente desenfrenados.

El hecho de saber que nos estaban observando aumentaba aún más mi excitación, me gustó saber que éramos espiados, vistos por extraños.

Terminamos revolcándonos en la arena y fuimos a bañarnos al mar; cuando volvimos la pareja que nos había estado observando se ubicaron cerca de nuestras lonas.

Estaban los dos desnudos, al vernos llegar se acercaron a saludarnos y nos preguntaron si era una playa nudista.

Les respondimos que no, pero como no había nadie habíamos decidido tomar sol sin malla de baño.

Parecían muy amigables, ella se llamaba Patricia y tenia 28 años y él Jorge y tenía 30, sus cuerpos lucían muy trabajados y nos dijeron que eran profesores de aerobics.

Estuvimos conversando hasta el mediodía, intercambiamos teléfonos y quedamos en llamarnos para vernos en otra oportunidad.

Estábamos cenando en la terraza del hotel, cuando sonó el celular de Martín, era Jorge para invitarnos a una fiesta la noche siguiente en su casa.

Dado que estábamos solos y no teníamos planes, aceptamos la invitación.

Para ir a la fiesta, me puse un vestido minifalda color celeste claro, el cual contrastaba con mi piel bronceada, tacos altos, sin medias y dado que la ropa era muy ajustada y traslúcida decidí no usar ropa interior.

Llegamos al lugar, la casa era una mansión enorme que abarcaba toda una manzana, los jardines estaban iluminados y muy cuidados.

Tocamos timbre y un mayordomo nos atendió, nos hizo pasar al salón, al rato llegó Patricia, tenía puesto una pollera y un top que apenas tapaba sus pechos, parecía más linda que en la playa.

Nos dijo que pasáramos al jardín del fondo, pues allí estaban los demás invitados.

Una gran piscina emergía de bajo del césped, detrás estaba la barbacoa y los convidados.

Patricia nos presenta uno por uno, parecían conocerse desde hace tiempo por la familiaridad con la cual se dirigían unos a otros, eran todos muy simpáticos y enseguida entablamos conversación con ellos.

Al rato aparecieron los camareros y camareras a servirnos, ellos vestían un chaleco blanco con un moño y boxer negro de lycra muy ajustados que evidenciaba sus miembros muy bien dotados, las chicas llevaban puesto también un chaleco negro con la espalda desnuda y una minúscula tanga color blanco que dejaba sus nalgas al descubierto.

Nos miramos con Martín y comentamos que buena elección de personal habían realizado, nuestros compañeros de mesa se rieron y coincidieron con nosotros.

La cena consistía en platos fríos, ensaladas, cerveza, vino y refrescos.

Luego de servir el postre, los jóvenes que habían oficiado de camareros se colocaron en fila, alternado un chico y una chica alrededor de la piscina.

Se fueron acercando a cada una de las mesas y elegían a dos comensales un hombre y una mujer y los llevaban con ellos.

Una vez al lado de la pileta, se desnudaban e iban quitando muy despacio las ropas de los invitados, una vez desnudos se tiraban al agua.

En nuestra mesa eligieron a Martín y a la chica de la otra pareja, con su esposo nos quedamos expectantes de lo que acontecería.

Cuando ya estaban todos en el agua, los hombres subieron a las chicas en sus hombros y empezaron una lucha, las que eran derribadas más rápidamente deberían pagar una prenda.

La misma consistía en mamar la verga de su oponente debajo del agua.

La esposa de mi acompañante de mesa fue una de las primeras en caer, cuando él entendió en que consistía el juego se puso furioso, dado que su contrincante era Martín.

Me preguntó si estaba de acuerdo y le respondí con una sonrisa.

Al rato una gran orgía se había formado en la piscina, sólo podían verse los culos blancos de las mujeres al sumergirse y los rostros de placer de los hombres.

Me acerque al borde de la pileta y pude ver como una chica abría las nalgas de Martín e introducía su lengua en ese precioso culo, mientras otra le mamaba la verga.

Enrique - así se llamaba mi compañero de mesa - se levantó para poder observar mejor, pude ver como se notaba su verga tiesa bajo el pantalón.

Se para a mi lado y le pregunto si esta molesto me mira algo desconcertado y me contesta que está un poco confundido, no esperaba esto en la fiesta y agrega que es la primera vez que viene a la casa de Jorge y Patricia - Patricia era compañera de trabajo de Alicia, su mujer - y no tenía idea de que hicieran orgías.

Le conté lo que había sucedido en la playa la mañana anterior y por eso no me sorprendí demasiado, al contrario, me gustó la idea.

Me mira a los ojos, se acerca y toca mis pechos al tiempo que su boca roza mis labios.

Era alto medía aproximadamente 1.85 m buen físico, castaño y ojos marrones, estaba muy bronceado.

Miro sobre su hombro hacia la pileta y veo a Martín que esta en el agua tomado del borde y que alguien le esta chupando el ano, me ve, se sonríe y sigue disfrutando.

Enrique me dice al oído que le da vergüenza estar ante todos y nos fuimos tras un árbol, me levantó el vestido, me chupo la concha y el culo, me puso de espaldas me abrió las piernas y me metió su verga, mis gritos de placer hicieron que dos chicos se acercaran a donde estabamos para ver que sucedía.

Se quedaron parados delante nuestro masturbándose, lentamente se fueron acercando, cuando estaban a punto de estallar apuntaron sus vergas a mi cara y derramando toda la leche.

Yo estaba tan caliente que no puse resistencia, me recostaron sobre el césped, me abrieron las piernas, mientras uno me chupaba la concha el otro puso su pija en mi boca para que se la mamase.

Enrique parecía un niño descubriendo un nuevo juguete, su excitación no le permitía dejar su miembro fláccido y él aprovecha la situación para ponerme en cuatro y cogerme nuevamente.

Los tres acabaron al mismo tiempo cubriendo mi cuerpo de esperma.

Me levanté y me tiré al agua para limpiarme. Martín se acerca me besa y me pregunta que tal lo pasé, le cuento lo sucedido y su verga vuelve a pararse.

Me sienta en el borde me abre las piernas y mete su lengua hasta el fondo de mi concha, lleno su boca con mis jugos, entro al agua y así de espaldas a él le ofrezco mi culo para que lo penetre, su leche espesa me desbordó deslizándose por mis piernas.

A la mañana siguiente emprendimos el regreso con la promesa de llamar a nuestros amigos para ofrecerles una fiesta en agradecimiento.

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Fin de semana Relax

Partimos luego del atardecer, en total éramos doce repartidos en cuatro automóviles, la noche estaba lluviosa y muy fría.

En uno de los autos, íbamos Martín, Ignacio, Marcela y yo; fuimos conversando, escuchando música y tratando de hacer lo más ameno posible el viaje.

Llegamos luego de dos horas de marcha con las rutas muy congestionadas, dado que era fin de semana largo y mucha gente decidió viajar.

Habíamos alquilado una cabaña grande, tenía 4 dormitorios, dos baños, estufa a leña y un living-comedor con un gran ventanal que daba al mar.

Ni bien entramos, lo primero que hicimos fue prender el hogar, dejar los bolsos en los cuartos y sentarnos a comer, dado que estábamos famélicos y a beber algo fuerte para quitarnos el frío.

Una vez cenados, nos sentamos alrededor del fuego a conversar y escuchar música.

Entrada la madrugada, Pablo propuso jugar al juego de la botella, el cual consistía en sentarnos en una ronda, colocar una botella en el centro y hacerla girar, a la persona que el pico de la misma señalaba debía hacerle una pregunta al que el fondo indicaba y si no sabía la respuesta tenía que pagar una prenda.

Luego de ubicarnos comenzamos el juego; el primero en preguntar fue Adrián y quien debía contestar era Carla.

La pregunta fue muy difícil por tanto tuvo que pagar una prenda que consistió en quitarse una ropa, y escogió el sweater, quedando con una remera, jeans y zapatos.

La próxima en jugar fue Marcela y le pregunto a Martín, como él supo la respuesta no tuvo prenda, pero si podía elegir a quién preguntarle y me preguntó a mí, como no supe que contestar, la prenda que me tocó fue darle un beso en la boca a quién yo quisiera y elegí a Gabriel.

Así se fue dando el juego, en sí las prendas fueron inocentes no pasaron de besos, caricias o prendas quitadas.

Cansados de jugar, decidimos irnos a dormir.

Nos despertamos temprano, preparamos un rico desayuno y como había sol fuimos a caminar por la playa.

De tarde algunos durmieron siesta, otros salieron a pasear por los alrededores hasta que la noche nos convocó una vez más.

Preparamos la cena entre todos y luego de la misma nos pusimos a ver uno de los videos que trajimos.

Martín e Ignacio habían elegido uno porno para ver la reacción de las chicas, así que sin previo aviso, comenzó a rodar la película.

La primera escena que apareció en la pantalla consistía en una orgía sobre una mesa de pool, eran aproximadamente 8 o 9 personas, todos desnudos, varios coños al aire y vergas erectas, las cuales se introducían en todos los agujeros disponibles.

Al principio, algunas de las chicas se negaron a continuar viendo el film, pero tras las bromas y burlas de los jóvenes accedieron a continuar viendo.

A medida que transcurría, los chicos se fueron poniendo cachondos, se podía observar sus vergas erectas bajo los pantalones y una que otra de las chicas disimuladamente rozaba sus pechos con sus dedos.

Con Martín notamos lo que sucedía y decidimos romper el hielo besándonos, nos imitó Ignacio tomando de sorpresa a Marcela que estaba a su lado, dándole un beso que fue el suspiro de muchas.

Poco a poco nos fuimos aclimatando, las escenas de la película ayudaban a que nos contagiáramos con su erotismo.

No puedo negar que me excita mucho ver ese tipo de films y a Martín también, como no podíamos contener nuestras ganas nos fuimos a nuestro cuarto.

Era tanta la excitación que teníamos que mientras subíamos la escalera nos fuimos quitando la ropa, una vez en el piso superior Martín me recostó sobre la pared, abrió mis piernas y me metió su verga tiesa de un empuje.

Mi alarido de placer pudo escucharse abajo llamando la atención de todos, quienes dejaron de mirar el vídeo para observar la escena en vivo y directo que le estábamos brindando.

Martín no se percató de la situación - o no le importó que nos mirasen - que continúo metiendo y sacando su polla, cuando sintió que iba a acabarse, me tomo de los cabellos obligándome a inclinarme y así de cuclillas ante él, me introdujo su pija en la boca, vaciándose en ella.

Estaba terminando de limpiar los restos de leche, cuando veo a Ignacio delante de mí con su verga en la mano y ofreciéndomela como un banquete; la tomé en mis manos y le pase la lengua de arriba abajo, chupe sus huevos y volví a ponérmela en la boca hasta sentir su leche bajar por mi garganta.

Mientras tanto Martín dilataba mi ano con su lengua hasta dejarlo como agua para chocolate y embestirme nuevamente con todo fervor.

Su leche corría por mi pierna y el se encargó de limpiarla con la lengua.

Los que estaban en la sala nos miraban atónitos, podíamos escuchar las voces de los chicos alentándonos y de algunas chicas desaprobándonos, pero hicimos caso omiso a sus comentarios.

Nos fuimos los tres al cuarto para estar más cómodos, ni bien nos recostamos sobre la cama, sentimos algunos pasos en la escalera, se nos unían a la fiesta Marcela, Carla y Gabriel.

Las chicas se quitaron la ropa en un abrir y cerrar de ojos y se zambulleron sobre Gabriel, el cual las esperaba con su miembro erguido.

Yo estaba en el medio de Martín e Ignacio, quienes se deleitaban con mis pechos, mientras sus manos jugaban con mi clítoris y mi ano.

A su vez, yo tenía en cada una de mis manos sus pollas enhiestas pidiendo que las saboree.

Marcela se puso en cuatro dejando su concha al alcance de mi boca, era una tentación, yo no sabía si ella era bisexual, por tanto decidí sacarme la duda.

Me incorporé un poco y lentamente fui pasándole mi lengua por su clítoris, me miró, me guiñó el ojo aprobando mi beso y continúe con la labor hasta sentir que se llenaba mi boca con sus jugos.

Carla nos miraba algo ruborizada, pero parecía que quería probar también, a lo que la invité a disfrutar del manjar.

Avida de probar el sabor de otra mujer metió su lengua hasta el fondo, provocándole otro orgasmo a Marcela.

Los chicos nos observaban con sus vergas apuntalándonos mientras se la sobaban.

Marcela se puso boca arriba, yo me ubique sobre ella formando ambas un 69, al tiempo que Carla abría mis nalgas y descubría mis sabores.

Al igual que relojes sincronizados, las tres nos acabamos juntas, a la vez que podíamos sentir cual una lluvia densa los torrentes de leche de los chicos sobre nosotras.

Uno de los baños tenía un yacuzzi y nos fuimos a bañar los seis juntos.

El agua estaba calentita y burbujeante, echamos unas sales perfumadas y nos metimos dentro.

Una vez dentro, el calor del agua hizo su efecto sobre nuestros cuerpos volviendo a excitarnos, nos miramos con Carla y Marcela y sin decir nada nos sentamos a horcajadas sobre los chicos.

Sus vergas nos recibieron jubilosamente, yo elegí a Gabriel, dado que nunca antes había estado con él, Marcela a Martín y Carla a Ignacio.

Estuvimos galopando a esos potros cual buenas amazonas por un buen rato, luego salimos del agua y en el piso del baño continuamos disfrutándonos hasta saciar nuestras ganas.

Cuando bajamos otra fiesta nos esperaba, como estábamos cansados decidimos ver que pasaba.

Las demás chicas, bailaban desnudas sobre la mesa, chorreando leche por sus pechos y sus coños.

Los chicos tendidos en el suelo, las miraban exhaustos de tanto follar.

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